Diario de un indeciso... o no

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jueves, octubre 20, 2005

Una tecla se pulsa

Letras, palabras y oraciones. Una tarde más para el olvido. Adornados de blanquecina inmovilidad sus pensamientos se diluyen. Lúgubres, impedidos, reos de una fuerza oscura. Se disuelven.

Horas, minutos y segundos. Impasible y rencorosa, la oscuridad acecha tras la ventana. El tiempo, fugaz, no admite treguas, no da esperanzas.

La luz se pierde y cualquier atisbo de claridad es sólo una ilusión. El papel reposa aún inmóvil. Las teclas aguardan una pulsación y mientras tanto entre sus dedos se consumen un habano, su lucidez y la inspiración. Una columna de humo danza ante sus ojos y desafiadora le arrebata la conciencia. La noche ya ha llegado, se apagan el día y las ideas. ¿Quién le ha robado su musa?

La desesperación tiene un rostro quieto y sereno. Su rostro es el de la desesperación. Cada vez le es menos sencillo crear. Y necesita un texto, una historia, un relato que merezca publicarse.

Pero el problema viene siendo insoluble desde tiempo atrás, no se ha originado todo ahora. Lleva seis largos meses sin estímulo alguno que le induzca a producir. Su excepcional estado de ánimo, su inquietud, su creatividad, su frescura... Teme haberlo perdido todo.

Cuando el tiempo apremia, su capacidad se reduce a la insignificancia. Luchando contra el reloj, desaprovecha una inspiración inusual.

La máquina, fría y de metal, siente la respiración nerviosa de la angustia, la exhalación racheada del fracaso. Y afligido por la impotencia, su mente es un continuo divagar, es la ausencia de hilván. ¿Qué se puede escribir cuando se está obligado a entregar un trabajo en un plazo establecido, impostergable?

No sabe cómo manchar el papel, que blanco e inmaculado se jacta del hechizo que lo condena a la ausencia de creación. Sentarse ante la máquina de escribir es un conflicto ineluctable. ¿Sobre qué puede versar un nuevo texto después de haber tratado tantos asuntos?

Un puñetazo en la mesa y una mirada a la ventana: es tarde, muy tarde. Ya no pasa nadie por la calle que desierta y apaciguada parece burlarse de su infortunio. Sólo un gato deambula sin destino, perdido, ajeno a los problemas del hombre. Así permanece largamente, postrado en la ventana, vaciándose en el infinito, sin pensar. Siguen sonando las saetas mientras se pierden las horas; la noche amenaza con amanecer. Pero de pronto..., ¿por qué no?, decide vengarse de la musa perdida. El éxtasis de la creación, aunque efímero, palpita ingobernable en su pecho una vez más.

Y la idea resurge. Se escucha en el silencio que una tecla se pulsa. Una tecla se pulsa, se pulsa:

Letras, palabras y oraciones. Una tarde más para el olvido. Adornados de blanquecina inmovilidad, sus pensamientos se diluyen. Lúgubres, impedidos, reos...


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